Hoy escribo estas palabras rodeado de las cajas de un trasteo
que debí haber hecho hace mucho tiempo. He vuelto, como sin querer y por algún
azar del destino, al viejo barrio Centenario de la ciudad de Pereira. Fue acá en donde
todo empezó para mí, el día en que papá nos trajo a vivir a Pereira por primera y única vez, cuando apenas tenía
siete años y me topé de niño con este barrio y una suerte de soledad poética
que logré salvar saltando las sombras de los carros al borde del parque Olaya.
Los carros pasaban y yo saltaba su sombra buscando sostenerme en el aire con
algún giro extraordinario. Aquel juego
solitario hizo que varios niños se acercaran a mí hasta consolidar un club de Saltasombras que terminó después jugando fútbol y tirándose en monopatines por
las faldas del barrio, hasta estrellarnos contra los ante jardines. Luego me era
fácil ir al centro los domingos para ver cine en Comfamiliar, colarme en la
sala de teatro del Santiago Londoño, meterme a leer libros a la biblioteca que
funcionaba en el parque Olaya, ver la saga completa de Star Wars en un cine
rotativo, ganarme un concurso de cuentos en el colegio Deogracias Cardona y enfrentar al mismísimo Hector Escobar, el diablo, en una lectura de la que salí derrotado. Es decir que este barrio me
permitió beberme la ciudad de Pereira con toda esa sustancia que me hizo lo que
soy ahora: padre, artista, escritor, gestor, profesor, amigo... "jodón con síndrome de hiperactividad" Pienso hoy en mis hijos y deseo que les ocurra
lo mismo, que Pereira los abrace como abrazó mi niñez.
Mi padre consiguió luego una casa en la Pradera de
Dosquebradas, tenía 13 años cuando conocí las garzas, los gitanos, los teatreros en zancos y el
lago de la Praderas, entonces me dejé encantar en plena adolescencia, con todo
lo que eso implicó; desamores, golpes, miedos a los apagones, pero ante todo la
fiesta vibrante de las peñas culturales de la Casa de la Cultura, su música
andina, sus Frutos de mi tierra, la belleza de una bailarina de la que me
enamoré y que aún recuerdo con cariño y gratitud.
Pero, ayer mi familia y yo cruzamos el puente del viaducto camino a Pereira en
un camión de trasteo y sentí un golpe en el estómago, una emoción encontrada,
igual a la que debió sentir un ciudadano de la Alemania oriental que atraviesa
al fin junto con su familia, aquel muro terrible de los años de la guerra fría.
Pensará usted, querido lector, que exagero, que escribir esto es una tontería,
que Pereira y Dosquebradas son lo mismo, que solo nos separa un puente, pero no
es así, existe una brecha académica fantástica, una especie de abismo
conceptual, un vórtice de tiempo, una frontera borrosa e imperfecta que todos transitan
con desgano y que padecí por años intentando salvarla con eventos como La
Cuadra Dosquebradas, cuentos como el Gordo Sisas o el Tuerto Tulio, bibliotecas
encantadas que no fueron, campamentos de lectura, teatro, motos voladoras, peleas
contra molinos y politiqueros, cosas insulsas e insuficientes para este municipio que sigue
sin encontrar un sentido de ciudad, y que si lo encontró no pude entenderlo
nunca. Dosquebradas se está haciendo a golpes hace 50 años y deja escombros
tirados, yo mismo me siento uno.
A diferencia de Pereira, en Dosquebradas se perdieron dos
generaciones culturales, incluyendo la de nuestros hijos, desde que la corrupción
y la politiquería permearon ese último bastión humano. Mi hijo mayor tiene 14
años y jamás pudo ver un centro cultural, una actividad constante, un proceso
de formación en su propio pueblo, él no puede esperar 5 años más a que exista
algo a qué aferrarse, tuvo que hacerse a sí mismo y nunca logrará un sentido de
pertenencia, porque le fue borrado. Dos generaciones perdidas, incluyendo la mía, es motivo de una lágrima
al menos, de lo contrario sería un ser tan mezquino como aquellos que se
robaron el municipio.
Al cruzar el puente pensé en esos artistas con los que crecí
y compartí una vocación creadora, en el talento tan valioso que existe allá, en
la posibilidad de que se les brindara oportunidades de crecimiento y desarrollo que jamás se dio. Sé que he sido con mis columnas un fastidio para ellos, pero ahora seré un
silencio, lo prometo.
Ya crucé el puente, en paz, con esperanza, y comenzaré de nuevo en el lugar en donde todo empezó para mí. Saltaré de nuevo junto con mis hijos, las sombras al borde del parque, siempre las he saltado para ser feliz. Te amo Dosquebradas, como un enamorado ama a esa mujer que no le corresponde y debe resignarse a dejarla ir. Al cruzar el puente, salté por última vez tu sombra delirante de ciudad imperfecta.
Ya crucé el puente, en paz, con esperanza, y comenzaré de nuevo en el lugar en donde todo empezó para mí. Saltaré de nuevo junto con mis hijos, las sombras al borde del parque, siempre las he saltado para ser feliz. Te amo Dosquebradas, como un enamorado ama a esa mujer que no le corresponde y debe resignarse a dejarla ir. Al cruzar el puente, salté por última vez tu sombra delirante de ciudad imperfecta.

Eres demasiado sentimental compadre pero por eso eres lo que eres una persona maravillosa y eso lo diré una sola vez, porque suena incómodo, ja,ja,ja que bonita columna, a mi la verdad se me ensancha el corazón siempre que salgo de Santa Rosa y veo en el dia o la noche a Pereira y Dosquebradas y las siento sola, son hermosas desde la distancia a pesar de sus tristezas, desgracias y desventuras. Creo que vas a tener un pleito con tu esposa por lo de la bailarina, saludos desde Irraquistan.
ResponderEliminarEsss luces que vibran desde Boquerón son la señal en clave morse de nuestra bienvenida. Verlas me recuerda que el tiempo es inexorable y la ciudad eterna en el corazón. Gracias por tus palabras.
EliminarHola profe un saludito y felicitaciones por esa crónica tan buena;tomaste la mejor decisión por que la vida sigue y el mundo es como es, aunque algunas veces nosotros lo quisieramos transformar o cambiar existen situaciones y actores que no trascienden;pero tranquilo hiciste la tarea y eso cuenta para la historia;persigue tu sueño;ese nunca se apagarà
ResponderEliminarGracias por tus palabras. La lucha por el sueño es hasta el final.
EliminarSomos una cinta de moebius hermano, por mas vueltas que le demos, irnos es regresar a algún lugar.
ResponderEliminarQuerido Nicolás somos un eterno retorno que gira en espiral. Jamás regresará el mismo y el punto de retorno jamás será el mismo. En eso pueden tener razón los Avengers.
EliminarMe recuerdas aquella parada en La Uribe cuando veníamos entre un camión destartalado en el trasteo desde Marsella hasta Cali, los extorsionistas nos despidieron cuando llamaron a mi padre y le dijeron, Juan, entréguenos lo que tenga en el bolsillo, después esos señores fueron concejales y uno de ellos alcalde y gran señor. No sé porque después de las violencias que casi nos matan cuando nos pusieron un taco de pólvora que tumbó la parte posterior de la casa, regresé a Marsella e hice política para que me derrotaran los mafiosos. Y no sé por qué o quién diablos sigo denunciando que soy de Marsella donde amo el paisaje y el recuerdo de Tomás Issa y la amistad de Carlos Arturo López y esas calles donde caminaron mis pies chapinos. Siento esa nostalgia o esas sensaciones cruzadas que nos caen del cielo a quienes nos identificamos en las letras. Un abrazo tierno y cálido desde Cali.
ResponderEliminarQuerido amigo lector. La patria es el lugar de la infancia. Lamento mucho que gente sensible y luchadora como tú y otros millones más tengan que cargar con ella a cuestas, tratando de armar los pedazos de algo inevitable. Nadie podrá ser feliz del todo cuando esos desprendimientos se dan desde el miedo y la rabia. Yo me siento desatado, pero este sentir jamás se podrá comparar con el tuyo.
ResponderEliminar