DE PEAJES,
ORINES Y AMORES
Voy a contarles
una historia de amor, sé que a ustedes les gustan las historias de amor.
Hace unos pocos días pude ver con horror la extraña
noticia de un joven que casi muere electrocutado porque necesitaba orinar y
nadie en la ciudad de Bogotá le prestaba un baño, entonces decidió hacerlo en
un rincón en donde para su mala suerte, había un transformador eléctrico cuya
chispa recorrió con un voltaje veloz la trayectoria de su chorro, hasta quemar
su cuerpo. No sé si perdió su necesario aparato reproductor, no se volvió a hablar al respecto en las noticias,
pero vi el rostro compungido de su pareja y temí lo peor. No me puedo imaginar
semejante situación, esa de andar una ciudad buscando que alguien preste un
baño y encontrar solo un desierto de conjuntos cerrados, negocios enjaulados y
parques. Las cuadras de Bogotá suelen ser desoladoras distancias entre un punto
y otro. La ley ya impide que se orine en espacios públicos y la desconfianza,
en espacios privados. Pobre joven, ahora deberá pagar además una multa.
En Pereira
no sucede lo mismo, acá las calles suelen más cortas de recorrer y al menos se
puede acceder a un baño con mayor facilidad, si tienes en tu bolsillo
quinientos o mil pesos, de lo contrario, siempre está el Pavo cerca, (si no está cerrado) o un alma
caritativa dueña de algún café dispuesta a brindar su inodoro con la
advertencia de que solo sea para orinar, y mejor sentado, para evitar regueros
innecesarios. Las ventajas de la provincia son innumerables y eso lo saben los
bogotanos que suelen traer sus monumentales trancones cada año a nuestra ciudad,
unas enormes líneas de carros con placas bogotanas acaparan las entradas a los
sitios turísticos del eje cafetero, y eso no está mal, porque ingresa un dinero
extra a la región, que bien puede servir, entre muchas cosas, para hacer baños
públicos en las carreteras o parques, lo que me lleva a la historia que quería
contarles, no sin antes pedirles excusas con iniciar una historia de amor con
semejante nota introductoria.
Mi hijo adolescente,
que está adoptando un aire de músico conquistador, esos que luce un sombrero verde sobre un cabello alborotado y lleva colgada una guitarra que no deja de tocar,
esos que andan con un libro de Harry Potter en la mano y que hacen gastar plata
en cosas frikis a sus pobres padres, se le ocurrió estas vacaciones visitar a su
mejor amiga de la infancia que se fue a vivir a Manizales, una chica vegetariana,
que no bebe gaseosas, usa anteojos que la hacen ver como periodista de la Pulla,
critica sin reparos a su sociedad y que quiere estudiar Nano medicina, (¡qué
haremos con esta generación perdida!) Decidimos acompañarlo hasta la otra
ciudad, convirtiendo esta experiencia en un paseo familiar feliz, pese al
insoportable tráfico importado desde Bogotá y a los dos terribles peajes cuyos
costos casi me hacen devolver. ¡Pero, quién soy yo para oponerme a un encuentro
juvenil!
La
distancia entre Pereira y Manizales es de apenas algo menos de una hora, pero
la sensación de ansiedad que padeció el muchacho, y por supuesto yo, esa que
provoca el estar sitiados por tantos peajes y unos ahorros reducidos, hizo que él
sufriera el síndrome de la separación, como si ella se hubiera ido a vivir a la
ardiente Australia.
Imaginé,
con mucho pesar, los terribles padecimientos de los enamorados separados por
esa frontera económica llamada peaje, no debe ser fácil atravesar dichos muros cada fin de
semana o cada noche para solo ver a ese ser querido. De razón Pereira y
Manizales optaron por no quererse, o prefieren casarse entre ellos mismos para hacer
eterno su linaje, de razón ir a Armenia se convierte un paseo anual, cargado de
insoportable logística, o los de Cartago conviven a su modo en esa especie de península caliente, violenta y costosa. Pobres chicos enamorados que deben sufrir esas
fronteras visibles en donde habitan cobradoras enjauladas que con velocidad
inusual te arrebatan tus ahorros.
Soy un
monstruo, lo confieso; le dije a mi hijo, sabiendo todo lo que sé, que si
quería seguir visitando a su amiga debía ahorrar dinero, porque apenas
dimensiono los costos de un hijo adolescente y dos peajes insoportables en un recorrido que no alcanza a durar ni siquiera una hora. (Ahora saltarán los defensores del peaje a decir que es gracias a esos adefesios que se logró avanzar en las obras que reducen los trayectos) Perdónenme el reclamo, pero, es mi primera vez como padre de un adolescente y no será la última. Sin embargo, al ver el rostro de mi hijo, expectante
a través del retrovisor, sus ojos puestos sobre lo que parecía ser un
obsequio, supe que la humanidad y la amistad se abrirán caminos pese a a las barreras, en este caso los peajes,
¡DOS de IDA Y VUELTA! Y que no estoy dispuesto a pagar más en aras de la
amistad, el amor, o la diversión que yo no viví.
Pasó lo predecible, por supuesto, y no
me culpen por ello; después de verlos encontrarse en la estación del cable, al
ver sus rostros felices, sonrientes, de reencuentro de dos amigos de la
infancia que optan por buscarse para superar esa monótona cotidianidad de las
redes, de los bits, de pixeles impalpables, solo para abrazarse, hablar de
cosas de chicos y reír a carcajadas con chistes que preferí no entender, después de verlos recorrer exposiciones de arte en el teatro de Los Fundadores y verlos ingresar a un evento en el que se exponían cómics, personajes gamer y películas de mi infancia, en medio de las fiestas de Manizales, (son raros estos chicos) no
tuve más remedio que pagar los helados, las bebidas, el almuerzo, las entradas y recordar mi tormentosa adolescencia, que fue un poco menos feliz en cuestiones de amor. Creo que en la felicidad de mi hijo logré superar tanta desdicha.
De regreso
a casa comprendí que ese momento sería inolvidable para él, pese a lo
fastidioso que se portaron sus hermanos menores. Sí, ellos también fueron y no
faltaron las burlas.
En mitad de
la carretera de manera repentina y salvaje, justo después de pagar el último peaje de regreso a casa, a todos les dio las irrefrenables ganas de entrar al baño, pero, sin
un peso más para gastar, entonces recordé al pobre muchacho de Bogotá. No
existe una historia de amor sin algo de tragedia. Cómo hace de falta un baño en
la mitad de una carretera.
fin



Qué interesante y divertida lectura, Carlos Vicente. Bendiciones.
ResponderEliminarMe sentí identificada con tu rol de padre, los hijos hacen que uno deje de mirarse el ombligo y esa sensación es chévere e incómoda al mismo tiempo. Te felicito por cómo escribes lo que observas de la vida, eso hacen los excelentes escritores, bueno, al menos eso pienso yo.
ResponderEliminarGracias por compartir.